“El Pilarico”- Arrepentimiento taurino

Todo el carácter que le faltó a los trece años para decir “no quiero matar más toros” le sobra ahora para defender a estos nobles animales. Y lo haría a capa y espada, si fuera necesario, a pesar de que uno de ellos lo dejó postrado en una silla de ruedas.

El colombiano Álvaro Múnera, tenía 18 años y en España lo llamaban El Pilarico. Completó 22 corridas y estaba cerca de su consagración como torero, cuando un toro lo enganchó por la pierna izquierda y lo lanzó por los aires, lo que le provocó fractura de la quinta vértebra cervical con lesión medular completa acompañada de trauma craneoencefálico y un diagnóstico contundente: No podía volver a caminar.

Dice que si no murió, como lo pronosticó el médico que lo vio en la ambulancia cuando era trasladado de urgencia al hospital, fue porque Dios le tenía otra misión, una mucho mayor y con la cual pagaría, quizás, el hecho de haber matado en cinco años casi 200 toros.

“Lo mío estaba predestinado por dos hechos. A los trece años, en una feria en Fredonia, cuando permitían torear vacas, me tocó matar a dos, la segunda y la cuarta de la tarde, pero cuando iba saliendo pasé por el descuartizadero y vi cómo a esa vaquita le sacaban un feto del vientre. Eso fue muy duro para mí, me puse a llorar y dije que no era lo mío”.

Pero a los trece años no hay tanto carácter como para tomar decisiones contundentes y lo convencieron de que era normal que pasaran esas cosas y de que sería un gran matador y tendría el mundo a sus pies. Y Álvaro Múnera quedó convencido de su potencial.

A los pocos años otro episodio similar le anunció que el toreo, en vez de hacerlo un hombre feliz, lo iba a atormentar, pese al éxito de sus estocadas y sus pases, que el público compensaba con aplausos, premios y salidas por la puerta grande.

“Me metí a puerta cerrada con un toro para entrenarme. Entrando a matar le pegué el primer espadazo y el animal no moría, le pegué el segundo y nada, cuatro espadazos le pegué y el toro lo que hizo fue que se dobló en cuatro patas, se recostó a luchar por su vida y ya los órganos se le salían. Ahí me dije: esto no funciona, esto está mal”.

Pero otra vez las palmaditas convencieron a Álvaro, ya grandecito, de que no se atormentara, “pa’lante, que usted va a ser el mejor matador de Colombia”, le dijeron.

Así que no fue la simple cogida del toro en la plaza de Munera lo que lo hizo cambiar. Fueron esos otros sucesos los que le decían no a su vida de torero.

Hoy vive un sentimiento de arrepentimiento que, dice, no le alcanzará para pagar el daño que hizo.

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Acerca de Patricia Conde

No creo en la escasez sino en la abundancia; no quiero competir sino compartir;no creo en la rivalidad sino en el amor; no creo en las limitaciones sino en el ser humano. Creo que hay algo aún más grande por llegar y quiero compartirlo contigo.
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